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Palabras del Arzobispo de Panamá

Palabras del Arzobispo de Panamá

Permítanme, muy sencillamente, ayudarles en este momento de dolor. De forma sencilla, digo, con unas reflexiones, que nacen de la fe. De aquella fe en Dios que sugiere el marco religioso de esta Catedral, símbolo de la fe de nuestros padres y de la fe que bulle en nuestro corazón. Y de aquella fe en el valor del hombre, y de su esfuerzo por construir un mundo mejor, que sugiere la presencia presurosa y clamorosa de tantos miles de panameños y de visitantes en torno a este altar.

Y es que no podemos, ni debemos, hermanos, si somos realmente creyentes, separar la FE en Dios de la FE en el hombre y en el significado de todo esfuerzo por los hombres. Separarlas, sería ir en contra de los dictados de la vida y de todo el mensaje de la Biblia que del comienzo al fin, nos invita a desarrollar esta tierra al servicio de todos los hombres, quienes al crecer juntos en verdadera justicia y fraternidad, hemos de reflejar personal y socialmente a aquel Dios que nos ha creado para EL y nos llama por estos caminos a la sociedad perfecta de amor, objeto final y misterioso de todos nuestros esfuerzos y esperanzas.

La muerte hoy pone a prueba esa fe – en Dios, y en el hombre. Nos coloca en un punto suspensivo.

Un punto suspensivo para la historia política y social de nuestra Patria, y, en no pequeña medida, de la región centroamericana y del llamado Tercer Mundo. Se nos fue, sin preaviso, el General de Brigada Omar Torrijos Herrera, Y ha dejado un gran y sensible vacío en nuestro medio que no sabemos cómo se va a llenar.

Pero antes de pensar en nosotros pensemos en él, que está también como en un punto suspensivo, entre el tiempo y la eternidad. Aunque ya esté pisando las anchas llanuras de lo eterno, todavía pareciera estar entre nosotros.

No nos acostumbramos a que no lo esté; y, sin embargo, al rodear sus pobres restos mortales esta mañana crece la convicción en nosotros que en verdad se ha ido. La primera razón de nuestra presencia aquí no es para discutir su política, ni plantear nuestro futuro, sino para despedirlo a él, al comienzo de este patrullaje que emprende y que es para él, el último y definitivo.

Nuestra presencia multitudinaria, como jamás se ha vivido en la historia del Istmo y significativamente internacional, es nuestro común saludo y nuestro adiós, hasta la vida eterna. Este adiós, dicho en común, es un gran consuelo para los que nos quedamos, y queremos que lo sea de manera especial, para su esposa, sus hijos, sus hermanos, sus compañeros de la Guardia Nacional y de tantas labores y esfuerzos y momentos de esparcimiento, desde la niñez en Santiago de Veraguas, hasta el momento del impacto, cerca de Coclecito.

Un adiós de oración, que no deja de pensar en él y rezar por él, y acompañarlo. Porque él no es sólo una memoria, ni una serie de hechos del pasado, sino un hermano en viaje hacia las profundidades de Dios.
Nos consolamos mutuamente con estas palabras de la fe, como nos lo aconseja el Apóstol San Pablo.

Nos consuelan también las palabras que hemos escuchado del Libro de la Sabiduría: “El justo aunque muera prematuramente, hallará el descanso. La vejez respetable no consiste en tener larga vida, si se mide por el número de los años. La verdadera ancianidad para el hombres es la prudencia y la edad madura, una vida sin mancha” (Sabiduría 4, 7-9).

Ciertamente, de Omar Torrijos Herrera, se puede decir, en las palabras de Sabiduría, que realizó “larga carrera en poco tiempo”.

¿Sin manchas? ¿Sin errores? Por supuesto que no. No lo pretendió él, ni debe nadie pretenderlo por él. La historia se dedicará a sopesar todo el alcance de su actuación entre nosotros. No nos interesa en este momento. Nos interesa, en cambio, una gran conciencia de la Misericordia de Dios: para con nosotros y para nuestro ejemplo e imitación.

El Papa Juan Pablo II nos dio el año pasado una magnífica carta encíclica sobre este tema. En ella hace resaltar el profundo sentido que da toda la revelación bíblica a esta cualidad que es como lo más adecuado y completo que podemos decir de Dios. Él es justicia, Él es Miseridordia. Él no es ningún frío calculador midiendo nuestras fallas

Para aplicarnos toda la severidad del castigo eterno. El no sólo perdona: Él es perdón, Él nos enseña compasión, a ser compasivos, a sentir con el hermano que falla, que sufre, a levantarse juntos con él, a fiarse del esfuerzo común en lugar del conflicto de la construcción en lugar de la violencia.
Este es el espíritu que anima al Reino de Cristo, que nos hace capaces de desprendernos de lo nuestro para el hermano, de ser buenos de corazón y trabajadores por la paz.

Es el espíritu más puro del Evangelio, que tanto requiere nuestro mundo actual. Hemos de sabernos sobrellevar, ayudar, en una palabra, perdonar. Lo dice el Papa en estos términos:
“Un mundo del que se eliminase el perdón, sería solamente un mundo de justicia fría, e irrespetuosa, en nombre de la cual cada uno reivindicaría sus propios derechos respecto a los demás. Así los egoísmos de distintos géneros, adormecidos en el hombre, podrían transformar la vida y la convivencia humana en un sistema de opresión, de los más débiles por parte de los más fuertes o en una arena de lucha permanente de los unos contra los otros”. (Dios Rico en Misericordia No.14).

Dios sabrá perdonarle a su hijo Omar Torrijos Herrera sus fallas humanas. Así reza la Iglesia por él, confiada en el Padre Dios, rico en misericordia.

Dios sabrá también premiar sus muchas cualidades, grandes sentimientos y buenas obras.

Creo poder decir sin exageración, que él había captado mucho de este espíritu de misericordia, de compasión, que es del espíritu mismo del Señor.

Fue un hombre compasivo. Lo demostró de muchas maneras. Creía en la dignidad de los más humildes y sencillos, y los hizo sentir más su propia dignidad. Gustó de estar entre ellos. Hizo tanto para que el mundo entero se diera cuenta de Panamá; y para que nosotros, los panameños, sintiéramos más a fondo nuestra nacionalidad, nuestra unidad, supo, en ocasiones, proyectar esta compasión hacia la gran problemática del Tercer Mundo.

CONCLUSIÓN:
Se ha citado mucho en estos días, aquella frase del General: “El día que yo muera, recojan la bandera, denle un beso y sigan adelante”.

Con nuestro adiós a él, en este momento de suspenso que atravesamos, va también nuestra mirada al futuro.

¿Cómo se llenará el vació que él ha dejado? Cada uno, cada grupo, tendrá su interés, su idea, su proyecto, y eso es natural.

Pero, por encima está el bien común, el bien de todos que en la práctica significa y requiere una especial preocupación por los que menos pueden hacer por su propio interés y por su propia defensa, los pobres de nuestro Panamá. Trabajemos y luchemos por la justicia, pero con esa misericordia, esa compasión, de parte de todos (gobernantes y particulares, empresarios y obreros, jóvenes y mayores) por los pobres. Hagamos y creemos más conciencia a este respecto y busquemos caminos de liberación y desarrollo para todos y para ellos en ´primer lugar. Eso es ser compasivo, como nuestro Padre Celestial es compasivo. Y sepamos luchar cada grupo por sus intereses, y sin embargo, todos juntos por el bien común. Eso es justicia, y más que justicia, es misericordia, es compasión. Sepamos evitar revanchas, sepamos perdonas nosotros, como Dios ismo nos perdona a cada uno de nosotros.

En el fondo, lo que Dios nuestro Padre, nos pide, es que seamos más justos, que seamos hermanos, que al besar juntos la misma bandera, en honor de la patria, nos pongamos realmente al servicio de toda la familia panameña.

 


Omar Torrijos Herrera


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