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Mi amigo Torrijos

“Con o sin la investidura del mando fue el guía de la nación panameña, maestro de una generación y conductor de una revolución que, del mismo modo como iba dando fruto en el orden internacional, le devolvía a los panameños humildes la calidad de la vida”, destaca Alfonso López Michelsen.

El reportaje fue publicado en el magazine “Al Día”, edición No.16, del 11 de agosto de 1981, por el periodista Juan Guillermo Ríos quien ganó el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar por dicho artículo periodístico y que a continuación reproducimos:

“MI AMIGO TORRIJOS”

Nacido en una remota aldea, Santiago de Veraguas, donde su padre, de nacionalidad colombiana, ejerció el magisterio, Omar Torrijos entro de una vez a la historia, a pesar de cuanto había dicho en tono guasón, cuando afirmaba ante sus contertulios asombrados que más interesaba entrar a la Zona del Canal que a las páginas de los libros de historia.

Lo sorprendió la muerte cuando su nombre, desconocido hasta hace unos doce años, cuando era apenas otro militar anónimo, resonó distintamente en los cinco continentes como el de un prócer latinoamericano de nuestro tiempo. Se supo de Panamá y de Omar Torrijos en el hemisferio occidental desde el Canadá hasta la Tierra del Fuego.

¿Y quién ignoró su nombre en la gran unión americana, o en cada uno de nuestros países, que un día se dieron cita para apoyar sus propósitos reivindicatorios, sin distinción de matiz político, desde la izquierda socialista hasta los regímenes autoritarios del cono sur? ¿Quién, en Europa o en el tercer mundo, en Irán o en Israel, no escuchó alguna vez su nombre, asociado a alguna empresa pacifista desproporcionada a la dimensión territorial de Panamá, pero ajustada a su importancia universal, como pasaje entre los dos océanos? Y sin embargo, no fue nunca Omar Torrijos arrogante, engreído o imperioso. Modesto, más allá de lo que legítimamente debía ser, realizó a cabalidad el milagro de imponer respeto para su país en todos los foros del mundo gracias a su autenticidad, y a aquella capacidad suya de encarnar en su estampa, en su palabra, en el decoro de conducta, la entraña misma de un gran pueblo: el pueblo panameño, nacido como en la leyenda bíblica, de la costilla de Colombia.

UN CAMPESINO CON TODAS LAS VIRTUDES DE SU ANCESTRO

Con razón todos sentimos que el ángel de la muerte nos ha robado algo más que el antiguo Jefe de Estado de una nación hermana, algo más que un aliado leal en cuyo cerebro gravitó como en el de Bolívar una visión providencialista de la América española, algo muy nuestro, un campesino con todas las virtudes de ancestro, alguien con quien nos sentíamos orgullos de verlo atado por los lazos de la sangre a una porción de nuestro litoral Pacífico.

Este hombre silencioso que, contrariamente a la difundida creencia general, según la cual pasaba por ser un carácter extrovertido, era tímido, retraído, más amigo de escuchar que de ser oído, pero con la más sorprendente inteligencia natural que me haya sido dada a conocer en el curso de la vida. Cuando expresaba un criterio o describía una situación, su idioma se enriquecía súbitamente con las más ingeniosas comparaciones, para respaldar un optimismo, una fe, que sólo la convicción recóndita en un destino superior pudo mantener tan alto grado de combustión durante dos lustros de luchas incesante en procura de la reivindicación canalera.

De la misma manera debieron ser los precursores de nuestras nacionalidades latinoamericanas, en el ocaso del siglo XVIII cuando la emancipación era apenas un sueño; muchos de ellos, surgidos también del caudal popular, vislumbraron, por la magia de la intuición, horizontes más delatados que los que contemplaban sus contemporáneos iluminados de su causa.

El General Torrijos Herrera, que ya devolvimos a la tierra, interpretaba cabalmente la idiosincrasia latinoamericana, que bien pudiera parangonarse con Benito Juárez, el eximio mexicano que protagonizó, pocos decenios después de la independencia de México, una segunda emancipación cuando, como un minúsculo David, le correspondió enfrentarse a una superpotencia de la época, sin más armas que la convicción de estar defendiendo una causa justa y de estar interpretando el querer nacional, uno y otro, como ser verá con el transcurso del tiempo, han sido los primeros actores en el singular drama racial Norte-Sur, donde la confrontación entre la superioridad cultural económica y militar se estrelló contra la voluntad indomable del aborigen, apegado a su solar nativo, para poner en evidencia el dicho popular de que un pueblo unido jamás será vencido.

MURIÓ COMO HABÍA VIVIDO

Desapareció Omar Torrijos Herrera en la plenitud de su gloria, sin haber conocido, como tantos otros, desengaños ni frustraciones de aquellos que acompañan el poder político. Con o sin la investidura del mando fue el guía de la nación panameña, maestro de una generación, conductor de una revolución que, del mismo modo como iba dando frutos en el orden internacional, le devolvía a los panameños humildes la calidad de la vida, el orgullo de pertenecer a la comunidad de la cual formaba parte. Misterioso viajero, portador de aquella alegría comunicativa que lo hizo popular más allá de sus propias fronteras, murió como había vivido: inspeccionando, auscultando, diagnosticando las más heterogéneas dolencias de la comarca panameña.

Servir había sido su divisa, a la que fue fiel hasta su último día, porque, ya fuera llevando el alfabeto hasta el poblado más lejano o recogiendo experiencias agrícolas en los países vecinos, o poniendo en marcha lo mismo un hospital que alguna nueva empresa destinada al engrandecimiento de su patria por todas partes quiso prestar su contingente a la causa de su revolución autóctona, sin nexo con ninguna otra, pero tan identificada con su pueblo que para nosotros es difícil saber si él la gestó o si, por el contrario, años de disconformidad retenida hicieron florecer, con Omar Torrijos a la cabeza, las cien flores de la cultura panameña contemporánea, que tantos valores ha puesto en evidencia, cuando quiera que le ha correspondido a Panamá colocarse a alturas tan difíciles, como fue la de negociar de potencia a potencia con los Estados Unidos y conseguir su retiro del nudo estratégico más importante del mundo sin que se derramara una sola gota de sangre.

¿Habría sido posible dar oportunidad a tantos talentos jóvenes, sin la ocurrencia de un gran trastorno interno, como el que significó que un líder popular estuviera por tanto tiempo al frente de los destinos de Panamá, sirviendo de inspiración a los ejecutores de una política de la mayor envergadura y simultáneamente aleccionando al pueblo, para que despertara de letargo y les brindara su apoyo? Bien sé que no todos los lectores de Al Día compartirán este juicio de quien ha seguido de cerca el discurrir de la vida panameña en casi medio siglo; pero en el fondo de su corazón, aun sus más enconados contradictores tendrán que reconocer el puesto que hoy entró a ocupar en la historia el General Omar Torrijos Herrera, un hombre bueno, un hombre recto, un patriota sin desfallecimientos, y alguien que quiso más el bien para sus compatriotas que para sí mismo.

QUE SU OBRA NO SUFRA MENGUA

Cuando se silenciaron los cañones y volvieron a flamear las banderas, tras el luto decretado por el poder civil, un gran vacío se adueñó de la tierra panameña, con el presentimiento de que el pasado 1 de agosto terminó una era y los naipes del destino volvieron a abrirse sobre el tablado de la historia. Quiera Dios que el espíritu del General Torrijos imponga, como lo hizo tantas veces en vida, el respeto a la soberanía de la República de Panamá y la ejecución rigurosa de los tratados por medio de los cuales vuele la llamada Zona del Canal a formar parte del territorio ístmico, pero también, que el proceso de institucionalización, de democratización de la vida política panameña, no sufra mengua ni se aparte de los derroteros trazados por el ilustre difunto.

Quienes queremos a Panamá con especial predilección, como somos todos los colombianos, pensamos, al pie de su tumba recién abierta, y en medio del llanto desconsolador e incesante de las mujeres y los hombres panameños, que era el momento de renovar el compromiso indisoluble de brindar apoyo a su causa cuando del cumplimiento de los tratados de 1977 se trate.

Yo confío en que, a pesar de la trágica desaparición del General Torrijos, sus sucesores, formados en sus enseñanzas, mantendrán la ruta de ascenso indeficiente que se inició con la reivindicación canalera, para gloria de nuestra América y beneficio del pueblo hermano de Panamá.


“Cuando se hace un cambio, se
debe cambiar de actitud, no una
cara y un nombre por otra cara y
otro nombre”.

Omar Torrijos Herrera


Omar Torrijos Herrera


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