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El Tronco donde se rasca el Tigre

stella

Por: Stella Calloni

 

A 27 años de la sospechosa muerte de Omar Torrijos, reproducen aquí fragmentos de una extensa entrevista en dos partes y en dos tiempos, realizada a Torrijos por Stella Calloni para el canal once de México, y el Consejo Nacional de Cultura y Recreación de ese país durante el plebiscito nacional al que fueron sometidos los Tratados

Omar Efraín Torrijos Herrera (1929 - 1981) fue un oficial del ejército panameño y líder del país desde 1968 hasta 1981. El 31 de julio de ese año murió en un presunto accidente aéreo. El avión en que viajaba se estrelló en una zona montañosa al norte de la occidental provincia de Coclé.

Llevó el título de "Líder Máximo de la Revolución Panameña" durante un período a final de la década de 1970. A pesar de no tener el cargo de Presidente de Panamá su poder político era mayor que de los presidentes. Fue padre de Martín Torrijos Espino, actual Presidente de la República de Panamá desde el año 2004.

Panamá, setiembre 1977. El tratado Torrijos - Carter

Este hombre, vestido con uniforme verde olivo, con aire informal y aspecto de cierto cansancio, el General Omar Torrijos, transmite una sensación de fuerza, y también de paz. Sin embargo, esto perdura muy poco. Súbitamente cambia, se revuelve, como si una especie de angustia extraña lo obligara a estar siempre en movimiento. A veces, lo mira a uno directamente a los ojos, como en búsqueda de lo que uno lleva adentro. Escrutadoramente, en silencio, como un oficio de los que quieren indagar.

Hay algo dentro de sus movimientos, como de tigre, pero no en acecho, sino de majestuoso andar vagabundo de animal sin hambre. Sin duda hay magnetismo en este hombre, un magnetismo sencillo, como de esos campesinos sabios que uno escucha atentamente y que lo dicen con profundidad, y la misma sencillez, como de esos buscadores de agua en lo hondo de la tierra.

Son días intensos en Panamá. Todo está en movimiento. Se a llega al final de la concreción de los tratados que regirán las relaciones de Panamá y Estados Unidos en la caliente zona del Canal, un enclave colonial desde 1903.

—General, ¿cómo es su país, este país?

—Este es un país con muchas caras. Hay que mirarlas todas para entenderlo. Es chiquitito (Hace un gesto con la mano), así… pero hay que aprender a verlo, a escucharlo, en su gente. Es un país para entenderlo mucho. Es difícil, me imagino, difícil para los que vienen de grandes ciudades. Los que vienen de Europa, por ejemplo, ¿cómo van a entender ciertas cosas, la salsa, las borracheras, las ñamerías (locuras), la irresponsabilidad tropical que a veces tenemos, la dignidad de este pueblo, sus desafíos? Y eso me gusta. Me gusta eso mismo. La ñamería, como decimos aquí.

Si yo le digo a alguien: “Soy el tronco donde se rasca el tigre”, ¿cuántos crees que entenderían esa frase? Aquí es parte de la historia de todos los días. Cada panameño la entiende de una manera distinta, pero es la misma. Por eso digo que son muchas historias, son todas las caras de Panamá.

—¿Usted cree en lo que llaman magia, realismo mágico?

—Ahora mucha gente me habla de eso. Yo sí creo en la magia. Es parte de la vida aquí. Pero también soy realista, eso digo. Podría decir que soy un realista mágico. Pero para nosotros eso son palabras porque eso lo vivimos. Lo viven los niños, los que bailan, los que trabajan, los campesinos; todos son realistas, y también son mágicos. Eso es el realismo mágico: vivir aquí.

No me gusta la violencia que se ejerce contra los más humildes
—¿Usted es un hombre violento?

—No, no creo. He estado siempre ligado a la violencia, porque la vida de un militar está siempre cerca de eso que es la violencia, de lo que violenta también a los otros. Yo creo, por ejemplo, que el poder existe, que es real, pero debe estar construido sobre el cariño y el entendimiento con el pueblo. Ese es el poder que perdura… la sombra después de la muerte. O puede haber el sentimiento de un poder solitario.

Eso es otra cosa. Yo, por ejemplo, podría decirse que llegué violentamente al gobierno, por un golpe militar. Entonces no tenía apoyo popular. Sólo de algunos compañeros de armas, de algunos que creyeron o también soñaban, como yo. Pero no teníamos apoyo popular, porque aquí se asociaba, y se asociará durante mucho tiempo, el uniforme con la represión, con la violencia, con el miedo. Yo creo que hice lo que hice porque no soy violento, porque no me gusta la violencia. Esta revolución es pacífica.

No me gusta la violencia que se ejerce contra los más humildes, contra los indefensos. He tratado de que esto quede como parte de las Fuerzas Armadas de mi país: que los militares trabajen junto al pueblo, que se conozcan los problemas de ese pueblo, lo que realmente pasa aquí o allá. En realidad, yo lo que trato es de hacer una revolución también entre nosotros (los militares).

Trato de que se recuerde a esos ejércitos latinoamericanos que defendieron la independencia y a los que los pueblos seguían. Ahora hemos conseguido apoyo popular. Siento que se ha perdido mucho el miedo al uniforme. Hay un gran cambio en todos. Algunos fueron enemigos cuando tomamos el gobierno, luego se incorporaron y trabajaron juntos a nosotros. En realidad, yo creo en la violencia en la que hay que luchar contra las cosas que son violentas, como el hambre, la ignorancia, el atraso, la miseria, el colonialismo, la injusticia. El colonialismo que nosotros conocimos sobre nuestra piel es una violencia eterna.

—¿Había violencia en Panamá?

—Siempre fue violenta la situación en Panamá. La cláusula a perpetuidad en los Tratados del Canal era violencia, y de la grande. Eso no se podía aceptar. Era inhumano. Las cosas a perpetuidad no son de este mundo, de la realidad. El colonialismo es una gran violencia como dije. O mejor, podría decir que son muchas violencias juntas. En 1964, hubo una explosión. Muchos hablan de eso ahora. Pero, en realidad, más que la explosión del 64, fue la explosión, la rebelión estudiantil, cuanto mataron a nuestros jóvenes, por intentar izar la bandera de nuestro país en el territorio que era nuestro en la Zona del Canal de Panamá. Miles de heridos por las tropas que ocupaban ilegalmente nuestro territorio.

Esa rebelión de más de cincuenta o sesenta años de insatisfacción de un pueblo que se resiste a aceptar un enclave que viola la soberanía nacional, nos despertó a todos. Muchas protestas se habían canalizado por medio de cartas, notas, verbalmente, en luchas. Si uno lee lo que escribían los poetas en ese tiempo, se dará cuenta del sentimiento que había. Ese sentimiento de sentirnos doblegados por la injusticia. Era un sentimiento nacional. De todos. Sólo algunos pocos traidores a Panamá le daban la espalda a esa realidad violenta; esa sí era una realidad violenta.

La piedra en el zapato

—Ahora estamos tratando de ir a las ideas más profundas, y sabemos los límites que nos ponen y que nos pondrán. Tenemos que llegar lo más lejos que se pueda. Quiero decir algo así: si a un hombre se le mete una piedra en el zapato cuando está caminando, y no se la puede quitar, por la razón que sea, tiene que seguir durante un tiempo con la piedra en el zapato, hasta que pueda sacársela y arrojarla lejos.

Nosotros sabemos que vamos a andar con la piedra en el zapato por algún tiempo, no sé cuánto, porque todo cambia, y ahora, todo cambia más rápido. Pero lo importante es caminar, no pararse, ni tampoco llevarlas cosas al punto a donde uno le corten el pie, porque ahí no se camina más.

No sé si yo veré cuando nos saquemos la piedra del zapato, pero sí puedo ver cómo los más jóvenes la van arrojar lejos, van a arrojar la piedra muy lejos… Eso lo veo.

—General Torrijos, ¿usted cree que algunos sectores de los Estados Unidos han entendido la lucha de ustedes?

—Algunos entienden. La gente más inteligente entiende lo que tratamos de hacer. Sabe que un tratado malo no puede tener vigencia, no se puede imponer al pueblo. Tarde o temprano salta. Yo lo he dicho antes, y es algo sencillo: no hay colonialismo que dure cien años, ni pueblo que lo resista. Pero un tratado malo se acaba; por más que se ponga la mano dura, se acaba. No hay que olvidar que un tratado es algo que se puede quemar en una plaza pública, pero, en cambio, la voluntad de los pueblos no se quema, ni se apaga, ni se puede poner de rodillas. No se puede condenar a los pueblos a la humillación perpetua. Eso es de simple sabiduría simple, de dignidad humana. Eso es historia y realismo.

Yo siempre he creído, por ejemplo, que hay que hablar sencillamente. Los campesinos explican muy bien las cosas. En Estados Unidos, tienen que entender que esto del Canal es como un vestido, un saco que alguien hizo en 1903 para un niño muy pequeño. Y esto no se puede seguir usando después, tantos años más tarde. Entonces puede convertirse en una camisa de fuerza, y a los pueblos nunca le gustan las camisas de fuerza.

—¿Esas camisas de fuerza son las que provocan la violencia en los pueblos? ¿Lo que usted llama una violencia justa?

—Sí, son esas camisas de fuerza. Son las insatisfacciones, todo lo que es injusto. Todo lo injusto es una camisa de fuerza, y los pueblos siguen creciendo y la camisa estalla. Es un razonamiento simple, pero efectivo. Nosotros hemos tratado, estamos tratando que la insatisfacción no se transforme en una violencia destructiva. Por eso creo en las negociaciones. Y vamos dando pasos. Pero si no nos escuchan los que deben escucharnos, si no cumplen con los que deben cumplir…

—¿Hasta cuándo puede mantener uno la insatisfacción?

—Eso es imposible predecirlo. Como los volcanes. Hay algo que muchos olvidan: un militar puede aprender a reprimir —aunque no es esa la función de un militar—, puede conocer mucho sus tácticas, pero hay un momento en que los ríos crecen. Si uno está en el monte, siente el ruido del agua cuando crece. Es un gran ruido, y aunque se utilicen todos los medios posibles, los más modernos, el agua crece, no se para, es algo natural. Es natural que llegue ese momento si no se dan respuestas a los pueblos, a sus necesidades, al hambre, a la desesperación. ¿Tú has visto alguna vez la cara de los desesperados? Eso no se para con nada, yo te lo digo...

—General, mucho se habla por aquí de los sueños, de lo que usted soñó y sueña en la relación con lo que quiso lograr para su pueblo. ¿Usted podría decir que es un hombre que cumplió sus sueños?

—Algunos sueños se han cumplido. Tengo muchos sueños. Algunos simples, algunos raros. Hace poco hablaba con un escritor amigo. Nosotros tratamos de hacer una revolución pacífica. Yo sé que muchos no me entienden. Pero tampoco entienden la realidad. No han estado en las cantinas, en los montes. No han caminado triste como los borrachos. Esos, esos que ve uno a veces. Con toda la tristeza andan, y la tristeza es algo más que la borrachera. Eso es verdad. Eso es lo que hay. Con todo, eso que tenemos y con el atraso de más de cincuenta años que se puede ver en todas partes del país, con eso tenemos que hacer algo. No podemos hacer todo. Pero tenemos la obligación de hacer algo.

Antes, nadie hablaba de Panamá. A veces, yo sentía, secretamente, vergüenza. Uno decía: “Soy panameño”, y no faltaba alguno que nos miraba como diciendo: “Ah, sí. ., hijito de los gringos”. Era como si no existiéramos. Era como si no tuviéramos tierra debajo de los pies, como si este país, este verde, esas casas que tú ves ahí, esta, gente, como si nada de existiera. Por eso yo digo, que eso es sentir el colonialismo.

Esa sensación de no estar, de no saber como es uno, en realidad. Cuando uno puede caminar por donde quiere, comienza a saber también qué es lo quiere y hacia dónde quiere ir.

Hemos hecho algo, no todo. Y ese algo se ve ahora, cuando andamos por el mundo y cuando miramos la Zona. Ahora sabemos que la Zona será de Panamá, de a poquito, de a poco, es cierto. Y esa es nuestra piedra en el zapato, nuestra piedrita en el zapato.

En pocos años, hemos abierto escuelas, entregado tierras a muchas familias, adelantando en programas de salud, en viviendas, en empresas propias, en producción. No son grandes cosas. Pero ese poco que hemos hecho, ha costado mucho. A los países pobres les cuesta mucho cada paso que dan o quieren dar. Y a veces, también, no se entiende lo que se tiene que hacer. Esa es otra de las herencias del colonialismo. No atreverse a caminar con los propios pies descalzos, a hacer equivocándose, pero haciéndolo a nuestra manera. Somos los eternos creativos a los que nos hacen creer que no podemos.

Los únicos y verdaderos realistas mágicos

Nos hemos detenido en un barrio donde hay casas “brujas” (muy pobres). El General desciende del camión. Todos bajamos. Cientos de personas lo reciben. Torrijos pone su cabeza bajo la salida de agua para refrescarse. Hace dos horas que estamos andando sobre un sol implacable. Una mujer morena, alta, le seca la cabeza con un pañuelo. Una anciana saca una peinilla, algo muy típico en Panamá, y lo peina. Hay una relación directa, hay amor, pero no sumisión en los gestos. Miro los rostros bellos que nos rodean, y también la pobreza.

—Esta pobreza la heredamos nosotros— me dice Torrijos, como siguiendo el hilo de mi pensamiento. —Es contra esta pobreza que tenemos que pelear duro. Todo lo demás son palabras. Esto es lo que tenemos que pelear, y no contra unos pobres hombres y mujeres indefensos que sólo quieren respeto y dignidad.

—General, ¿por qué cree que algunos medios en el mundo lo mencionan como un dictador?

—Esta es una “dictablanda”, eso es lo que yo digo. Tú misma lo has visto, tú que eres del Sur y sabes lo que son las dictaduras. A mí me dicen dictador unos que hablan todos los días contra mí. Me insultan por radios y periódicos, envenenan el alma de la gente. Y también me llaman dictador los que saben que quiero la soberanía y la independencia de Panamá. Y eso, eso se castiga muy duro.

Ser digno, independiente, luchar contra la injusticia, se castiga muy duro. Yo quisiera que esos que hablan contra mí, de esa manera insultante y egoísta, estuvieran viviendo en una dictadura. Ni siquiera podrían decir una palabra. Y, además, se están llenando los bolsillos. Ellos sólo quieren poder para llenarse más rápido los bolsillos.

Nosotros ahora no podemos sacrificar los objetivos políticos, que son objetivos muy altos y son de todos, de todo el pueblo panameño, por el egoísmo y el bolsillo de unos cuantos.

Estamos cumpliendo con uno de los más grandes objetivos, y es terminar con la ignominia de esos tratados a perpetuidad. Es lo posible. Por eso a mí no me gusta mucho eso que dijeron en Francia (en 1968), los estudiantes franceses: “Hay que hacer lo imposible”. Porque para nosotros, que estamos tan aplastados, levantarnos para hacer lo posible, lo más pequeño de los posibles que sea es mucho más duro que hacer lo imposible. Lo posible es la realidad, y eso posible nos cuesta muchos muertos. Ese poquito posible nos cuesta muchos muertos.

Siempre cerca del pueblo y aprender a ser humildes
—Usted es un militar y tiene una gran formación profesional. ¿Cómo cree que deberían ser los ejércitos de América Latina, los militares y los políticos latinoamericanos?

—De lo militar hay mucho que hablar. Pero yo diría, y con eso lo digo todo, que hay que cambiar de mentalidad. Es muy triste creerse importante porque se tienen armas, y a veces significa nada más que uno está para obedecer órdenes de los más ricos o, lo que es peor, de otros de afuera. Yo creo que hay que estar siempre cerca del pueblo y aprender a ser humildes. También, amar a su país y no equivocarse en lo que significa defensa. Defender la soberanía, la independencia verdadera, preocuparse por lo que el país produce, por los préstamos, por la economía, por lo que sembramos.

Hay que recordar a los ejércitos (independentistas) y volver a la unidad. Y también la unidad la centroamericana, como soñó Morazán. Los políticos tienen que ser humildes. Hay que aprender a “comer mierda”. Algunos están muy, muy por encima de la realidad de sus pueblos. Algunos no saben ni siquiera qué produce su país, como es la gente, la real. Y si no saben nada de eso, ¿cómo va a ser bueno lo que planean, si no saben nada de sus propios pueblos? A veces hay que comer basura sin pestañear. Eso es duro. Pero eso es realismo, realidad. La realidad mágica de estos países. Hay magia también en eso, y dignidad.

—Hemos hablado mucho de las situaciones políticas, del Canal, de las características de este pueblo. Y usted ¿cómo es usted? ¿Es un hombre triste o un hombre alegre?

—No, no soy triste. Pero a veces soy también triste. Me gusta el humor, el buen humor. Pienso que algún día voy a morir violentamente, y eso no me asusta. Yo digo que “me van a pasar la factura” porque me atreví a hacer cosas nuevas, distintas. Eso se paga caro. Algún día me van a entender, van a entender lo que quise hacer. Soy un hombre alegre y triste, como cualquiera, con muchos, muchos defectos, y eso es lo bueno, tener defectos es algo bueno. Y también me pongo triste, cuando a uno le salen las mariposas negras.

A veces creo que se cansa fácilmente de todo, que está en constante búsqueda y que no se atreve a reconocer la angustia como un elemento cotidiano en su vida. Pero yo creo, aunque él lo oculte cuidadosamente o trate de hacerlo, que Torrijos es capaz de una ternura intensa, que solo comparte con los suyos, los hombres y mujeres de su pueblo, “los únicos y verdaderos realistas mágicos”, como el mismo dice, y que son su sustancia, su magia, su vida.

Revista ZOOM


OMAR TORRIJOS Y EL CINE PANAMEÑO

Pedro Rivera y Omar Torrijos

Por: Pedro Rivera

 

A fines de la década del 50 yo vivía en Pedregal, un campito cercano al aeropuerto de Tocumen, estudiaba en el Instituto Nacional y por la noche, seguía cursos de periodismo en el Justo Arosemena de Calidonia. Tenía a lo sumo 17 o 18 años. Una noche la noticia de un crimen y de un suicidio conmovió de un extremo a otro la comunidad en donde yo vivía. Como mucha gente, por simple curiosidad, yo quería llegar al lugar de los hechos.

Era un sitio bastante alejado y todos estábamos pensando en la dura caminata que había que echar cuando hizo su aparición un carro patrulla de la Guardia Nacional. Se detuvo, el oficial bajo y solicitó información. Todo el mundo pensó al unísono en aprovechar la oportunidad para evitarse la caminata. Yo, entre otros, me acerqué al oficial para pedir el clásico aventón.

¿Me puede llevar? Pregunté.

No puedo, me dijo secamente.

Soy estudiante de periodismo riposté y quiero hacer un reportaje.

No puedo llevarte, camina, son gajes del oficio – me dijo y dio por terminada la conversación.

Realmente me molestó ese “cambio y fuera” y meses más tarde, en 1958, combatiendo desde trincheras opuestas, pude identificar a ese “desconsiderado” oficial: se trataba de Omar Torrijos Herrera.

Muchos años más tarde, en 1970, volvimos a encontrarnos en forma mucho menos fortuita en la casa de una periodista que empezaba a abrirse paso. Ahora parecería raro, pero en aquella época esa dama era amiga de mucha gente considerada “progresista” y a su casa, no sé si con mucha o poca frecuencia, llegaban periodistas, escritores, artistas de la plástica, en fin, gente vinculada a la actividad cultural.

No sé si alguno de los asistentes a esa fiesta de cumpleaños estaba en autos (salvo la dueña de la casa, por supuesto) de que estaba invitado el General Torrijos; pero lo cierto es que a una hora más o menos promedio de la noche se apareció, sorprendiéndonos, es decir, sorprendiendo a muchos de los que estábamos allí en un estado de inocencia festiva.

El General Torrijos después de los saludos rituales cruzó algunas palabras con la dueña de la casa y otros conocidos. Luego se dirigió directamente hacia donde yo me encontraba. No puedo negar que su presencia me incomodó terriblemente y pensé para mis adentros: “Fulano me ha puesto una trampa”. Ya junto a mí dijo:

¿Cómo estás, Pedro?

Lo dijo en un tono y en una forma que cualquiera hubiese pensado que nos unía una muy vieja amistad. No había tal. Era la primera vez que cruzábamos palabras en términos conscientes, sabiendo cada uno quien era el otro. Hizo referencia a mis actividades con mucha información en las manos. Se refirió a mi carrera literaria y a mis negocios.

Para esa época me había ganado el Miro en la sección de cuentos y poesía simultáneamente, y era, por puro azar un “próspero” comerciante en materiales de construcción. Me habló de una y otra cosa con familiaridad, con conocimiento de causa, detallando incluso el tipo de relación que llevaba con los empleados de la empresa y la gente de la comunidad.

Luego me invitó a separarme del grupo, pasamos a una de las recámaras de la casa y seguimos conversando a solas. Mejor dicho: él hablaba y yo, simplemente, escuchaba.

Yo no podía evitar ser reservado y adopté una actitud defensiva, maldiciendo a la que me invitó por haberme invitado. El golpe de Estado que había llevado a Torrijos al poder era muy reciente, muchos amigos y compañeros míos habían sido afectado directamente, estaban presos o en el exilio. No podía estar allí, conversado tranquilamente como si nada hubiera pasado. En mi estaban presentes todos los resquemores y resentimientos de los hombres de mi generación. No hubiese sido normal sino hubiese sido así.

Sin embargo, el General trató de que la conversación fuera lo más abierta posible. Habló, recuerdo, de uno de sus proyectos para dar solución al desempleo. Era una fórmula muy simple: empujar la pequeña empresa, algo así como crear mil pequeñas empresas, dentro de las estructuras vigentes, con capacidad de dar empleo a treinta personas cada una.

Es decir, me hablaba de un proyecto destinado a emplear a treinta mil panameños desocupados, percibí en sus palabras que trataba de interesarme en el asunto, que mi ligazón accidental a las actividades comerciales podía convertirla en un proyecto mucho más permanente y productivo. Me limité a decirle que los negocios me resultaban antipáticos y que no me gustaría pasarme la vida tratando de vender cosas y que, en fin, yo estaba por accidente en eso de los negocios y que no tenían ningún interés. Y era verdad. Yo trataba de alejarme de alguna manera de este tipo de actividades porque emocionalmente me afectaba.

Las cosas no quedaron allí. En otra ocasión, Jaime Ingram, Director Nacional de Cultura, me invito a su casa en ánimo de hacerme una proposición. Fue, realmente, una noche memorable. Jaime tenía instrucciones de ofrecerme una plaza importante en el Instituto y lo discutimos consumiendo algunas botellas de vino y queso francés. Recuerdo que yo enfrenté a Jaime más o menos en los siguientes términos:

-Oye, Jaime, tú sabes que yo soy hombre progresista.

-Eso no tiene ningún problema-me contestaba Jaime inmutable.

Y yo pensaba que Jaime no entendía bien lo que tan claramente trataba de explicarle.

-Mira Jaime, yo tengo fama de izquierdista y tú me estás haciendo una oferta para trabajar en el Instituto…tu crees que yo pueda trabajar allí sin dejar de ser lo que soy-insistía a mi vez.

-Puedes trabajar con nosotros sin ningún problema y te estamos haciendo este ofrecimiento porque pensamos que podrás hacer una buena labor.

-reiteraba Jaime.

Yo insistí durante toda la velada en ese punto: tratando de hacer entenderá a Jaime Ingram, Director Nacional de Cultura, que mi ideario podría, por incompatible con el régimen, convertirse en elemento de conflicto. Y Jaime insistía en el suyo, tratando de convencerme de que en ese momento era más importante el trabajo que uno podría realizar que la ideología que nos identificaba. Resulto que entre vinito y vinito terminé por decirle a Jaime que sí, que aceptaba. Me convenció de que no iba a tener ningún problema y de que podría hacer una buena labor en el Instituto o más bien, Departamento. (Ahora no recuerdo bien si se trataba del Instituto Nacional de Cultura o del Departamento, asignado en el antiguo INCUDE).

Una vez en casa, trato de conciliar el sueño y de reflexionar sobre el asunto, las dos cosas al mismo tiempo. Trato, con la cabeza sobre la almohada, de convencerme a mí mismo de que he dado un buen paso, que todo estaba bien. Pero fue inútil, no pude dormir en toda la noche, y  a las seis de la mañana estaba como si no me hubiese acostado. Entonces llamé a Jaime para decirle que no podía aceptar el cargo. Jaime, por supuesto, se indignó y no economizó palabras para hacérmelo saber. Y le dije:

-Mira, Jaime, si el primer día ya no pude dormir! imagínate como serán los siguientes!

¿Qué había pasado? Simplemente, pesaba en mí el prejuicio antimilitarista y el hecho cierto de que amigos míos sufrían cárcel o exilio. Todavía no era claro para muchos de nosotros el futuro del país; todavía no entendíamos que el General Torrijos no trataba de comprarnos sino que contribuyéramos a diseñar políticas apropiadas en cada frente para la lucha que se avecinaba.

Ya para finales del 71 e inicios del 72 se daban algunos indicios de que el proceso revolucionario tomaba un rumbo propicio. Algunos compañeros nuestros, aquellos que llamamos “compañeros históricos” por haber militado juntos en las jornadas del 58, 60, 62 y 64, y que realmente contribuirían a crear las condiciones para el avance revolucionario en nuestro país, habían sido reclutados por el General y trabajaban con entusiasmo por el proceso. En mis horas libres, y siempre cerca de la Universidad, empece a colaborar con ellos. En algunas de esas ocasiones nos entrevistamos con el General y mi punto de vista con respecto a el se fue modificando. Eran reuniones muy singulares. El propósito de las visitas siempre fue serio, relacionado con algún problema que resolver y sin embargo nunca percibi ninguna tensión, se conversaba en términos poco rituales y, al final, casi sin proponérselo, había una respuesta, un resultado práctico, totalmente marginal a los procedimientos tradicionales a la burocracia. Al “viejo” no había que hablarle mucho, entendia rápidamente y en cuestión de minutos era capaz de darle el visto bueno o ponerle luz roja a los asuntos tratados.

Yo nunca afirmaría que no era capaz de equivocarse. Pero, eso si, jamás se mostró prejuiciado, opuesto de antemano, negativo, (como suele ocurrir con mucha frecuencia entre quienes manejan circunstancialmente cuotas de poder) cuando alguien le presentaba un plan, un proyecto o una simple idea. Más bien creo que eso lo entusiasmaba y siempre estaba esperando que sus colaboradores le plantearan planes y proyectos por muy absurdos que parecieran.

Un día (creo que era a mediados de 1972) recibí una llamada telefónica. Al levantar el teléfono y contestar, reconocí, inmediatamente, la voz del General Torrijos. No llamó por intermedio de una secretaria o nada que se le pareciere sino directamente. Me dijo más o menos lo siguiente:

-Pedro, quiero hablar contigo. Ve a Paitilla, allí te espera un avión; trae algo de ropa.

Fui a casa y preparé un maletín y, bastante preocupado, abordé el pequeño avión que me esperaba en Paitilla. Tenía una vaga idea de los propósitos de la invitación. Esa misma tarde, en Farallón, el General me solicitó que aceptara la embajada de Panamá en Colombia. Y me explicó las razones. Estaba muy interesado en cambiar la imagen de Panamá entre la intelectualidad colombiana. “Los colombianos –me dijo- están muy prejuiciados con Panamá y con el Gobierno Revolucionario. Los intelectuales juegan un papel muy importante en ese país, y es estratégico, para la causa de Panamá, contar con su solidaridad y apoyo”.

-Tener buena relación con los países fronterizos es muy importante-agregó-.-Piénsalo.

Estuve tres días pensándolo. El General, en tanto, no se quedaba quieto y estuvimos visitando algunas zonas de Coclé en helicóptero y a pie, o mejor dicho: al trote. Recuerdo que el helicóptero nos dejó en una zona y el dio instrucciones para que nos recogiera más adelante, un pocotón de kilómetros más allá como quien dice. Ese día anduvimos a marcha forzada por planicies, cerros, ríos y quebradas. Cuando topamos el primer rio y vi que él se lanzó completamente vestido, titubee un momento y casi casi me siento para quitarme los zapatos. Eran unos zapatos brasileños que alguien me había regalado muy recientemente. Estaban nuevecitos. No pude quitármelos, por supuesto, cuando vi que todos sin excepción hacían lo mismo. Entraban al agua sin titubear, completamente vestidos. No terminábamos de secarnos completamente cuando a nuestro paso aparecía un nuevo riachuelo o quebrada. No menos de seis veces tuvimos que atravesar las cristalinas corrientes que se cruzaban en nuestro camino.

-¡Como hay ríos por estos lugares!- le dije a Rory que venia con la lengua afuera, como yo.

-Es el mismo río siempre- me contestó Rory con una media sonrisa.

De pronto imaginé que estábamos corriendo en círculos. Más tarde supe la verdad. Como estábamos recorriendo una región escabrosa, el río corría en zig zag por entre las lomas y los promontorios. Ir en línea recta era atravesarlo varias veces. De todas maneras correr remojado bajo el sol abrazador tenía sus ventajas: nos agotábamos menos.

Llegamos a un pequeño poblado y rápidamente, en una especie de galera forrada de tablones, se improvisó una reunión. Mojado y aterido, porque el último chapuzón nos los dimos a pocos metros del caserío, seguí con interés, respeto y sorpresa el extraño diálogo. Los campesinos allá reunidos hablaban sin rubor de sus problemas e, incluso, de sus peleas familiares y de las rencillas entre los vecinos. Nunca había visto nada igual. Recuerdo que el diálogo se orientó hacia la necesidad de un centro escolar en el área.

 El General escuchó pacientemente a todo el que quiso hablar y luego, cuando detectó los puntos de convergencia o consenso, estableció la estrategia a seguir. La escuela debía construirse con los materiales que se encontraban en el área, fundamentalmente. Esto es: madera y pencas. Después podía pensarse, con el tiempo en otra cosa. “Por lo pronto, lo único realmente importante para que exista una escuela son los alumnos y el maestro”.

-Sin alumnos y sin maestros no hay escuela- dijo.

Hoy, reflexionando sobre aquella jornada, tengo la sensación de que el lugar que visitamos era Coclesito y que, sin saberlo estaba en los prolegómenos de un experimento social que más tarde repercutiría significativamente en la historia de este país.

El helicóptero nos devolvió esa tarde a Farallón. Hoy reconozco que mucho egoísmo en mi respuesta a la oferta del General. Estuvimos de acuerdo en muchas cosas, en la necesidad de neutralizar la tradicional suspicacia antimilitarista de los intelectuales colombianos, por lo menos con respecto a Panamá, en la necesidad de ganar aliados, sobre todo en aquellos países fronterizos, para forzar las conversaciones con los Estados Unidos de Norteamérica en condiciones más favorables. Pero no acepte la oferta de convertirme en Embajador.

No me imaginaba en esa investidura, con chaleco y demás, cuando en esos momentos estaba organizando mi contribución al proceso en el frente cultural, en uno de los frentes más importantes de todo cambio revolucionario y que, en nuestro país, nunca ha sido bien valorado. Siempre he considerado que esta minusvaloración de la actividad cultural bastaría para explicar algunos descalabros y reveses que ha sufrido el proceso en los últimos años. El General no reaccionó negativamente como yo imaginaba. Solamente me dijo que si yo no aceptaba, muy a su pesar, ofrecería esa plaza a alguien menos progresista que yo.

Al otro día hicimos el viaje juntos a Panamá. Llegamos en helicóptero a uno de los asentamientos de La Chorrera y, desde allí, decidió que seguiríamos por tierra, en automóvil, en unos vehículos del MIDA. A la altura de Arraiján nos tropezamos con una ambulancia averiada. Ordenó que nos detuviéramos y preguntó qué pasaba. Resulta que llevaban una persona muy anciana con un ataque al corazón y la ambulancia sufría desperfectos, no caminaba.

El General se inquietó, mandó a llamar al helicóptero que nos sobrevolaba y preguntó por radio, no sé a quién, si era peligroso trasladar al enfermo por aire hasta el hospital. Hubo en el área mucha confusión. Muchos automóviles detenían la marcha al ver al General, se bajaban, querían saludar, colaborar, cualquier cosa con tal de integrarse a ese escenario. La escolta estuvo muy tensa y trataba de controla la situación. Todo terminó cuando otra ambulancia hizo su aparición y los enfermeros nos dijeron que podíamos seguir, que todo estaba bajo control.

Esa noche, en casa, antes de irme a dormir, contemplé mis zapatos nuevos, brasileños, más retorcidos y engarrotados que un pensamiento de Reagan.

Hacia finales de 1972, ya, ahora sí, estaba involucrado en algunas tareas culturales importantes para el proceso. Es decir, empezábamos a diseñar proyectos, a crearnos perspectivas de militancia, a forjar un centro de activismo cultural en la Universidad de Panamá. Por esa época organizábamos una muestra de cine cubano y el impacto que produjo en nosotros fue tal que, en forma casi inmediata, se nos planeó la necesidad de iniciar una experiencia similar en Panamá.

Con Renato Pereira (en ese tiempo Director de Asuntos Estudiantiles de la Universidad de Panamá) discutimos el asunto y llegamos a la conclusión de que no solo era posible sino necesario crear un instrumento cinematográfico que fuese capaz de contribuir a profundizar el proceso, de integrar a las masas al proceso revolucionario.

Y no hubo otro remedio, tuvimos que ir a planteárselo al mismo General Torrijos porque nadie, en ese momento al menos, era capaz de tomar en serio nuestro proyecto. El General Torrijos si lo tomó en serio. No solo nos escuchó pacientemente sino que se entusiasmó y hasta nos dijo cómo hacer para evitar que este valioso instrumento fuera desacreditado por enemigos del proceso.

-Debe ser una estructura que refleje independencia, que no se vea como una institución oficial para la propaganda del régimen- nos dijo. Por eso es bueno que se origine en la Universidad.

Giró instrucciones para que se nos dotara de lo necesario y, debemos señalarlo aquí sin ánimos de molestar a nadie, nunca los funcionarios, al cumplir con la orden de apoyar nuestras actividades, lo hicieron de buena gana; siempre vimos dibujarse en sus rostros gestos de incredulidad. Algunos más bien, se mofaban o, por el contario, hacían esfuerzos por no involucrarse o por torpedear nuestro proyecto. Hoy, a pesar de que han transcurrido cerca de una decena de años y de que nuestra actividad (no mesurable en términos de toma y daca como es costumbre en una sociedad aguijoneada por un pragmatismo de tercera categoría) jugó un respetable papel tanto en el orden nacional como el internacional.

Nuestros filmes recorrieron de un extremo a otro la geografía del país y sirvieron para motivar la discusión, para hacer sentir partícipes de los acontecimientos al hombre común, para que se sintieran parte del proceso, sujetos y no objetos de la historia. Lo mismo podemos decir en relación con el papel que jugó el cine panameño en los foros internacionales. Intelectuales y gente común y corriente de todo el mundo pudieron entender o aproximarse al proceso revolucionario panameño gracias al cine, a las películas que produjo el GECU.

Nosotros, ya como grupo, teníamos la costumbre de discutir cada película terminada con el General Torrijos. Realmente no hemos encontrado en Panamá a nadie que haya tenido tanta claridad como el General Torrijos con respecto a la importancia del cine como instrumento de resistencia cultural, como canalizador y forjador de conciencia más que de opinión. Siempre hablamos de la distinción que había entre cine propiamente dicho y el uso de las técnicas cinematográficas para propaganda simple y escueta.

Mientras el cine, al documentar la realidad o al reflejarla creativamente,  puede estimular mecanismos de identidad en el espectador y, por tanto, canalizar simpatía y participación, la otra, la propaganda, dirigida sobre todo a destacar en forma aislada los atributos que adornan al funcionario o a la institución, termina por ser contraproducente.

Un funcionario cortando cintas, inaugurando obras y hablando de los millones que se habrán de emplear e uno u otro proyecto-siempre compareciendo al margen de las masas, de quienes están en la base de toda transformación, de la actividad cotidiana de los hombres allí en donde la vida adquiere significaciones dramáticas, en la confrontación diaria-termina por aislarse, por caer mal, por perder autoridad.    

En esto estuvimos siempre de acuerdo el General Torrijos y nosotros, los miembros del Grupo Experimental de Cine Universitario.

La actitud comprensiva del General Torrijos hizo posible que hoy, nueve años después, podamos hablar de cine nacional y de que, en términos generales, se haya generado una preocupación por incorporar este instrumento a nuestra vida cultural.

Solos o con él recorrimos el país, recogiendo la imagen del proceso y tratando de multiplicarla, de reavivarla en las pantallas del mundo, destacando el esfuerzo que hacían dirigentes y hombres humildes de esta generación por forjar una Patria sin genuflexiones, digna, respetada por todo el mundo y de la cual todos los panameños podríamos sentirnos orgullosos.

De todas estas cosas hablábamos con el General cuando lo acompañábamos en sus patrullajes por el país o íbamos a compartir la exhibición de una película nuestra o de otra nacionalidad.

La gente no sabe realmente como José de Jesús Martínez, el poeta Chuchú, se hizo “escolta” del General. Rómulo, en su libro, tampoco lo dice. Chuchú, como muchos intelectuales, entendía, entiende, la importancia del cine y se incorporó al GECU a los pocos meses de fundado. El General, en cierta ocasión, nos planteó la posibilidad de filmar una película de solidaridad con Guinea Bissau. Estaban en plena guerra los patriotas guineanos y los colonialistas portugueses y era menester recibir entrenamiento militar antes de arriesgarse a viajar a África.

Yo convoqué a una reunión urgente a los miembros del GECU y le expuse la propuesta del General. Las opiniones se dividieron inmediatamente. Unos, encabezados por Chuchú, sostuvieron que era un orden y que debíamos ir sin que mediara ningún tipo de discusión. Yo era del grupo que planteaba la necesidad de pensarlo mejor debido a la falta de experiencia en escenarios de combate y que era muy riesgoso.

Unos días después, con motivo de un seminario de la FEP, todos nos trasladamos a la antigua base de Rio Hato, el seminario coincidía con una fase de reclutamiento de nuevos guardias nacionales. No sé cómo, pero Chuchú (dando como excusa la necesidad de entrenarse para esa misión del GECU en África) se integró a la actividad de los reclutas y poco después legalizó su status de miembro de la Guardia Nacional. Nunca fuimos a Guinea Bissau. El General Torrijos ganó un “recluta” muy particular y el GECU perdió a un cineasta con mucha potencialidad creativa.

En otra ocasión, ya con Chuchú incorporado a la escolta del General, viví en Farallón uno de los momentos más dramáticos de mi vida. Acabábamos de proyectarle al General una de nuestras películas. Estaba tenso y expresivo al mismo tiempo (como si hubiese sido informado de algo que no andaba bien). De pronto, y tomando como punto de referencia el filme que acababa de ver, empezó a contarnos una anécdota.

En una ocasión iba pasando con uno de sus hijos por un paraje de la Zona del Canal. El niño, con mucha inocencia, le preguntó qué hacia esa bandera allí en esa asta (se refería a la bandera norteamericana, por supuesto). Nos contó que no pudo responderle a su hijo porque un nudo se le atravesó en la garganta. En ese momento notamos todos que el General, sin deja de hablar, lloraba; las lágrimas rodaban por sus mejillas con libertad mientras con gruesas palabras calificaba al invasor.}

No tardó en transmitirnos a todos esa emoción contenida y poco después todos los que estábamos a su alrededor llorábamos de impotencia, de rabia, de dolor, convencidos de la necesidad de ir a cualquier forma de lucha por alcanzar soberanía en el territorio usurpado. Casi casi jurábamos todos en silencio luchar hasta el final. Esto ocurrió una noche, en Farallón.

En otra ocasión, reunidos en la calle 50, y ya muy cerca de una definición de las negociaciones, recibió noticias de dificultades nuevas que planteaban los negociadores norteamericanos. Repentinamente nos cuestiona de la siguiente manera:

¿Qué opinan ustedes si dinamito el Canal?

Hubo un largo silencio. Luego, uno a uno de los cinco que estábamos presentes dio su opinión.

Los tres primeros, incluyendo a Chuchú, dijeron que estaban de acuerdo. Yo hablé de cuarto y dije sinceramente que no estaba de acuerdo, que nos invadían y que el costo social iba a ser muy alto. Rómulo Escobar, que fue el último en hablar, sostuvo una tesis muy parecida a la mía. Esa noche, a pesar de que mi punto de vista era divergente, estuve orgulloso del General porque percibí que en sus palabras no habían bravuconadas y que realmente estaba dispuesto a dar al mundo un ejemplo de dignidad sin paralelo, que estaba dispuesto al máximo de los sacrificios por esta Patria ultrajada.

Después del repliegue, con la retirada del General de la jefatura del gobierno, el GECU, con su visto bueno, apoyó el esfuerzo internacional de los cineastas latinoamericanos en la campaña de denuncia de las dinastías de Somoza. En ese mismo orden de cosas, y cumpliendo un compromiso del General Torrijos con el Primer Ministro George Price, realizó un filme de solidaridad con Belice que ha recorrido el mundo.

Siempre que pudo, el General apoyaba la actividad artística y cultural porque sabía que, por ese camino, también se podían dar grandes batallas y preparar el terreno para ganar otras.

Del 1o. al 16 de agosto de este año se efectuó en Sao Paulo, Brasil, el Tercer Festival Internacional de Teatro. El General Omar Torrijos ofreció a los organizadores una nave área para que las delegaciones de Uruguay (con residencia en México), Nicaragua, Ecuador y Panamá tuviesen oportunidad de participar.

Realmente era un compromiso muy importante desde el punto de vista cultural y desde el punto de vista político. Brasil, ese gigante aun distante y desconocido incluso para sus más próximos vecinos, puede jugar un papel muy importante en la definición del futuro de este continente si actúa con independencia de quien, en alguna ocasión, pensó utilizarlo como gendarme local.

Yo tengo la impresión de que el General Torrijos era perfectamente consciente de la importancia que tiene Brasil desde el punto de vista estratégico en la región. Y las misiones culturales por lo general se convierten en avanzadas para iniciar contactos más fructíferos desde el punto de vista político.

El jueves 30 de julio, en la madrugada, salíamos en el avión de la FAP para cumplir este compromiso. El sábado 1º de agosto, en la tarde, la televisión nos sorprende con la noticia de su muerte, en seco, sin transición, con la rudeza de una patada, y todos, en ese momento sentimos que el mundo se nos venía abajo.

Los compañeros de la delegación panameña propusieron inicial el retorno inmediatamente. Lo discutimos y llegamos a la conclusión de que el retorno no era posible porque, ahora más que nunca debíamos cumplir con ese último mandato del General.

Esa noche se inauguró el Festival y todos los que intervinieron hicieron homenaje a la memoria del General Torrijos. Todo el festival se dedicó al General y nosotros, a nombre de la delegación panameña, dejamos constancia de la pérdida irreparable para la causa del Tercer Mundo.

Yo regresé con el avión de la FAP para asistir a los funerales del amigo, del soldado, del compañero, del hombre que hizo posible el cine panameño, que creyó en él y que lo estimuló cuando estuvo en sus manos hacerlo.


EL LIBRO DE OMAR

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Manuel Orestes Nieto

18 de noviembre de 2015

Palabras de Manuel Orestes Nieto en la presentación del libro: Omar Imágenes quien realizó la edición y tuvo la responsabilidad de contenidos; las fotografías -muchas de ellas inéditas hasta ahora-  son del fotógrafo estadounidense Tom Zimberoff, quien estuvo con el general Torrijos por más de dos años y cuya colección es hoy patrimonio de la Fundación Omar Torrijos; el diseño del libro es de Salomón Vergara y la coordinación de la impresión de Vladimir Franco.  El acto de reapertura de la sede de la Fundación Omar Torrijos, remodelada, se realizó el 18 de noviembre y fue presidido por el Presidente de la Junta Directiva, Ex Presidente de la República, Martín Torrijos Espino.  

Buenas noches a todos, torrijistas y amigos de la Fundación Omar Torrijos. Escuchando las palabras del Presidente de la Junta Directiva, preciso que hoy nos reunimos alrededor de un patriota y que esta es su casa.

Cuando uno dice en la casa de Omar, es también como decir: la casa de la Patria; en nuestra casa-país, en una casa que es esta Fundación.  Tengo la sensación de que, a partir de esta noche, nuevamente muchos torrijistas irán llenando esta casa remodelada, abierta, en sus salas, sus patios, su centro documental, la memoria histórica y vida de Omar y de Panamá.

Este es el primer esfuerzo editorial por divulgar e irradiar el pensamiento de Omar, su legado, preservar la fuente de luz que viene de él, ilumina el presente y es un puente luminoso hacia el futuro.  Esta es y será una misión permanente de la Fundación, especialmente para las generaciones que en el tiempo no tuvieron la experiencia y vivencia de Omar Torrijos.  Su vigencia y conocimiento con imprescindibles.

Nos sentimos sumamente orgullosos porque lo tenemos a él, al más ilustre, notable, extraordinario y trascendente de los panameños en toda su historia, por su obra como estadista, liderazgo independentista, sencillez humana y por ser idéntico a su pueblo.

Quiso la historia que Tom Zimberoff pudiese acompañar al general en un tramo de su vida y de años intensos en la vida de la nación.  Quiso la vida que pudiésemos tener como patrimonio de la Fundación 17 mil imágenes, los negativos de las fotografías que él tomó durante unos dos años del general, de Panamá y de una época.  Quiso el general que Tom y Chuchú entrarán con Omar Torrijos un día casual al Canal y que quedarán para siempre las históricas fotografías en las Esclusas de Miraflores.  Quiso el azar concurrente que tuviéramos los textos de quienes le acompañaron e hicieron junto a Omar la epopeya nacional de la conquista soberana y, sobre todo que tuviéramos su ideario, sus partes al pueblo, sus intervenciones públicas, su voz y sus palabras intactas.

EL LIBRO DE OMAR, es el trenzado de todo ello. De una selección que pasó de 17 mil a 1500 fotografías y luego terminar en cerca de 200.  Es un elixir de un tiempo irrepetible. 

Tenemos la placenta viva de la colección completa y de allí saldrán más y más libros para ilustrar, ver y reconstruir aquellos años descolonizadores y libertarios.

Con las 200 procedimos a realizar un hilo conductor, con el contexto de una época y un objetivo nacional y ensamblamos los textos y citas, que son unas 50 y que pintan al general Torrijos desde distintas facetas e incluimos las frases extraídas de su ideario, discursos y entrevistas.

Así las imágenes de Toma Zimberoff se funden con el testimonio y surge un espectro de voces, como por ejemplo: Jimmy Carter -quien en una entrevista declaró que el reto más difícil vida fue que se aprobaran los Tratados Torrijos-Carter, incluso más difícil que llegar a la presidencia de los Estados Unidos-; Gabriel García Márquez, Alfonso Lopez Michelsen, José López Portillo, Fidel Castro, Felipe González, Mario Vargas Llosa, el sacerdote Carlos Villalobos, Demetrio Basilio Lakas, Aristides Royo, Rómulo Escobar Bethancourt, Nicolás, Ardito Barletta, Jorge Illueca, Adolfo Ahumada, Jorge Eduardo Ritter, Juan Antonio Tack, Juan Materno Vásquez, Gerardo González, Edwin Fábrega, José Renán Esquivel, Reina Torres de Araúz y muchos otros.

Y para una lectura amable, concebí que los textos debían ser precisos, ilustrativos,  cortos y significativos por su contenido y revelación para acompañar las imágenes, la mayoría de gran formato y que hablasen por sí mismas. La estructura está compuesta de 9 ambientes -no cronológicos-  y se  incrustó un texto de Omar Torrijos completo dentro del libro: el fundamental documento titulado la Línea. El libro tiene 12 pulgadas de ancho y hay algunas imágenes de 24 pulgadas extendidas en todo el volumen abierto; las páginas son unas 175 páginas e incluye reseñas biográficas del general torrijos y una ficha del fotógrafo Tom Ziberoff.

Así: las fotografías, textos y frases quedan articuladas en esos ambientes que integran el Libro de Omar y que, brevemente, describo, por sus títulos, que, a su vez, resumen momentos estelares, sitios, íntimamente ligados a las luchas por la reconquista del Canal, al general Torrijos y al protagonista principal: nuestro pueblo. Los titulamos:

  • El Viejo: El hombre, su hamaca, Farallón, Contadora, aquel niño ya hombre empinando cogiendo mangos como en Santiago de Veraguas -fotografía que usó también el negociador jefe de los Tratados Romulo Escobar Bethancourt como portada para sus memorias.
  • Patrullaje doméstico: en su helicóptero que recorrió miles de miles de millas por la geografía nacional,, el avión FAP 100 por el Darién de gira, zonas rurales, urbano-marginales, lanchas de salud de cabotaje llevando salud igual para todos, con campesinos, indígenas y afropanameños. Un hombre-pájaro incansable, inmerso en todo el territorio nacional.
  • Coclesito:  ese que fue y será siempre su hogar, hacia donde iba el 31 de julio de 1981, un día de lluvias  y dolor; Omar imponente en uniforme de fatiga, en sus soledades, sus reflexiones, con su familia campesina, el río que en secuencia de fotos asombrosas y únicas podemos ver al padre de muchos hijos, en un chapuzón, la escuela que se construye antes que un país.
  • Causa mundial: En esa Francia imponente y recién golpeada en su corazón, Tito, los No Alineados, España y sus reyes, Israel y Begin, Alejandro Orfila, Olof Palme, Kurt Waldheim, Guilio Andreoti, el negociador Elston Bunker, el desierto, los países nórdicos, Europa, y la Casa Blanca a la que entró la dignidad de Panamá en la persona de Omar Torrijos y su equipo enarbolando nuestros derechos históricos. Son las fotografías de un mundo que nos acompañó, de un mundo que buscamos y donde encontramos la solidaridad tangible como tocar roca o acero.
  • 5 de mayo: Esa plaza -corazón de la capital de Panamá- donde el pueblo era la máxima jerarquía, esa multitud de patriotas, los mítines multitudinarios, y esa frase eterna: ¡Gobernador de qué!, las banderas, las pancartas, las consignas.  Las fotos de Tom Zimberoff que han captado el rugir de nuestro pueblo.
  • Tratados Torrijos-Carter: el año fabuloso de 1977, la firma de los Tratados Torrijos-Carter, las imágenes del referéndum, la histórica conferencia de prensa donde el secreto mejor guardado se devela: si era rechazado el Tratado explotaría el Canal, la tarima y esta realidad que destruyó la injusticia de un país partido y que uniría su tierra veintidós años después, un 31 de diciembre de 1999, como fue pactado, como lo logró Omar.
  • Canal: como ya señalé, la secuencia de su presencia en Miraflores que se adelanta felizmente a su sentencia de que querer entrar a la Zona del Canal y no a la historia, la cerca y los soldados de ocupación, los barcos y portacontenedores, los naves gigantes, la riqueza del mundo en tránsito y del otro lado las fotos conmovedoras de la marginalidad, la pobreza, el San Miguelito de lomas e inmigrantes del campo, la niña y sus ojos tristes.
  • La Línea:  para ver en un sólo texto la estrategia torrijista por ser país y el equilibrio para estar en el poder, este documento siempre deberá ser leído.
  • Chuchú: Fue tal y tan grande aquella relación que es imposible pensar en Omar sin que emerja José de Jesús Martínez.  Su pluma, sus ideas, su lealtad, su amor.  Escolta, sargento, doctor. Organizador del ideario torrijista esa pieza, la clave, nuestra plataforma, nuestra inspiración. Chuchú el amigo, hermano y compañero que vi muchas veces en un entramado de dos vidas fusionadas y la lealtad total a un mismo pabellón.
  • Epoca:  son las fotos de Zimberoff cuando giró la cámara para retratar el contexto del país, en sus recorridos tomaba imágenes de esa época y que revelan un ánimo popular y una adhesión esperanzadora, entusiasta, sin dudas, a la lucha por la independencia y el Canal.
  • Soy un soldado de América Latina: el militar, el de uniforme, el de sus guerras victoriosas, como los grandes capitanes libertarios de América Latina.
  • Y OMAR: El propio general Torrijos toma una cámara de Zimberoff para fotografiar al fotógrafo y es fotografiado fotografiando, para cerrar el libro con su sombrero, sus laureles de general su firma, indeleble, del tamaño de un país y su sentencia del faro que nos esperará siempre, más allá de toda muerte, con un patriótico salud militar.

Hoy, cuando nos reunimos en la casa de Omar, cuando recibimos a un viejo amigo de El Viejo, a Tom Zimberoff que tuvo el privilegio de eternizar con fotogramas su figura y su escalada hasta la cima y plantar la bandera, me digo y les digo: Lo que de él heredamos es y será siempre la patria misma, el país convocado por un objetivo nacional, una mística tangible, un salto de un gigante, nuestros derechos reivindicados, el trazo desde él hacia el presente y el futuro, en el torrijismo y con misiones pequeñas y grandes que cumplir por el país de la equidad y la honradez, en el afecto y la gratitud, en la vigencia y proyección solar de sus ideas.

Yo, animado por todo esto ensamblé un libro que es de Omar, sobre Omar, ante Omar, con Omar, para Omar Torrijos y que Tom Zimberoff fotografió con asombroso talento.

GRACIAS.  



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